La Guelaguetza se ha arraigado en el corazón de los oaxaqueños por la connotación de hermandad, unidad y fortaleza del pueblo que la ofrenda, hecho que la ha convertido en un elemento identitario que año con año se transmite a otras latitudes.Para el maestro Víctor Vázquez Labastida, la fiesta de los Lunes del Cerro es un espectáculo de grandes magnitudes, que tiene una base tradicional y costumbrista, porque los bailes, ceremonias y rituales que se presentan, son
parte de una festividad en las comunidades, pero con características especiales que la hacen únicas.
Es decir, una síntesis de ceremonias y rituales de aquello que ocurre en una mayordomía, fiesta patronal, fandango, bautizo, o alguno de los ciclos de vida del ser humano, eso es lo que se lleva a los Lunes del Cerro. “Y aunque es un espectáculo, sí tiene una raíz netamente tradicional, y de ello se da cuenta en la indumentaria, la música”.Pero en otros aspectos, acota, al ser una representación, ya no se ve como sucede en la comunidad en realidad, “por eso cuando voy a algún pueblo les sugiero a los habitantes que realicen sus actividades como lo hacen desde hace muchos años, y que cuando vayan al Lunes del Cerro lo repitan tal cual”.
Y es que, reitera, lo que vemos en esta festividad, es una representación de las tradiciones de sus padres, sus abuelos, como ellos lo hacían; es cierto que es un proceso social que ha cambiado en algunos aspectos pero la Guelaguetza es un espectáculo con bases.
Tradición oaxaqueña
Asimismo, comenta que desde sus inicios, la máxima fiesta de los oaxaqueños tuvo como propósito atraer al turismo, “porque en la época en que se empezó a nombrar Guelaguetza recién se habían inaugurado los vuelos de Mexicana de Aviación, por ende se notaba el arribo de un número mayor de turistas a la ciudad, los cuales se interesaban más en conocer las tradiciones oaxaqueñas.
Lo anterior, en tanto, coincide con la presentación de los bailes aislados que se tenían en 1951, 1952 y 1953, hasta que se integraron a más bailables.
Otro de los motivos para realizar esta festividad, a decir de Vásquez Labastida, fue la construcción de la carretera federal, lo que permitía tener mayor accesibilidad hasta la ciudad de Oaxaca, y eso, desde luego, se tradujo en un beneficio para la festividad.
A ello, agrega la creación de la Rotonda de la Azucena, creada exprofeso para el homenaje racial, en donde se llevaban a cabo actividades culturales y hasta deportivas (torneos de volibol y basquetbol).
En este marco, sostiene que si bien no es el espectáculo más grande de América, la Guelaguetza sí es el más promovido, pues posibilita el diálogo, en un mismo día, de las 17 etnias que habitan Oaxaca.
Fiesta del pueblo
Por otro lado, considera que la fiesta pude crecer aún más como se ha hecho en los últimos años, invitando a más comunidades para quienes presentarse en el Cerro del Fortín era un sueño casi imposible de realizar.
Al abundar sobre los inicios de los Lunes del Cerro, comenta que para muchos, éstos tienen un origen prehispánico al estar dedicados a las Diosa Centeótl (Maíz), Xilonen (Maíz tierno) y otras deidades zapotecas.
“Las celebraciones, sin embargo, se llevaban a cabo durante el mes de julio, un mes de lluvia que favorecían el cultivo, la siembra y la cosecha de muchos vegetales”, precisa.
Posteriormente, refiere, con la llegada de los españoles se marca un enriquecimiento alrededor de 1529, quienes trajeron a Oaxaca a la Virgen del Carmen Alto, en honor a quien erigieron un templo sobre el sitio donde se veneraba a la Diosa Centéotl.
Incluso, dice, se decía que detrás de la imagen de la Virgen estaban los ídolos prehispánicos y que fue el obispo Tomás Montaño Yeron quien pidió a los indígenas celebrar a la virgen de forma festiva. Fue así como comenzaron a realizarse juegos y bailables, y a fin de que el pueblo disfrutara más de esta festividad, se repitió a los ocho días, de ahí la octava de los Lunes del Cerro.

















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